La división medieval del trabajo científico hoy en día

Introducción

Hace muchas semanas que no actualizo este blog y pido perdón a mis treintaicuatro (34) lectores y seguidores. Creo que estar escribiendo una tesis doctoral tenga algo que ver con que no encuentro el tiempo para redactar unas buenas entradas a partir de las reflexiones que voy almacenando en mi libreta. No voy a fastidiar con el clásico discurso acerca de “lo chungo que es estar escribiendo la tesis etc.”, pero sí que puedo aprovechar para hablar de algo relacionado con esta.

Mi tesis trata sobra la organización del trabajo de los científicos en el marco de la economía del conocimiento. Dicho así sueña muy guay. Sin embargo, mi tema de investigación es en realidad mucho más específico, ya que el ámbito se restringe exclusivamente al caso de las nuevas formas institucionalizadas de colaboración entre el sector público y el privado para hacer I+D en España. Que, dicho así, suena mucho menos guay, pero os aseguro que es bastante interesante, sobre todo porque adopto un punto de vista sociológico: esto me permite analizar otros factores más allá de aquellos relacionados con la financiación y la regulación, que son cosas muy importantes pero muy aburridas.

Lo que echo en falta es el no poder adoptar un punto de vista histórico o evolutivo para mi tesis, ya que “algunos problemas objetivos” me lo impiden (se dice el pecado pero no el pecador). Por eso me desahogo con este blog y mis lecturas personales, ya que la historia de la ciencia es muy divertida: a continuación, un ejemplo de esto.

Historia de la ciencia y ciencia histórica

¿Ya os he hablado de mi pasión por la reflexividad? Cojamos el caso de la historia y de la ciencia. Evidentemente, la historia de la ciencia y la ciencia histórica no son lo mismo, aunque es cierto que se solapan en más de una ocasión, ya que:

  • Se puede estudiar la historia de la ciencia adoptando una postura científica, es decir, aplicando los métodos de la ciencia histórica: así que se puede hablar de una ciencia de la historia de la ciencia
  • La ciencia histórica, como todas las ciencias, tendrá su historia personal (o más bien, colectiva): así que se puede hablar de una historia de la ciencia histórica

Nos paramos aquí, ya que hemos alcanzado un “nivel dos” de reflexividad conceptual (a partir del tercer nivel la cabeza empieza a doler; para los amantes de la filosofía de la ciencia: pronto publicaré una entrada acerca de los niveles de reflexividad cognitiva).

o_Autorretrato Escher_espejo_esferico

M.C. Escher, Autorretrato

He contado toda esta historía porque me apetecía compartir una pequeña reflexión que mezcla estos dos tipos: la historia y la ciencia. Pero no se trata ni de un caso de ciencia de la historia de la ciencia, ni de la historia de la ciencia histórica. Más bien, pretendo coger un caso histórico o, mejor dicho, un concepto de la ciencia histórica, y aplicarlo al caso de la ciencia contemporánea (la última fase de la historia de la ciencia).

En particular, quiero hablar de los tipos de científicos que podemos encontrar hoy día (y, quizá, incluso ayer). Para hacer esto, necesito primero hablar un momento de la sociedad feudal.

 

Breve resumen de la sociedad feudal (saltar si ya se sabe)

La sociedad feudal era característica de muchas regiones de la Europa medieval, aunque se pueden encontrar casos análogos en otras épocas (ej.: Andalucía rural del siglo XIX) o áreas geográficas (ej.: Japón medieval). La organización social se repartía en tres niveles principales: aristócratas, clérigos y plebeyos. Encima de todos ellos estaba, como no, el Rey o el Imperador, según los casos. Y a la base de la pirámide, los esclavos, cuando y donde había (ej.: prisioneros).

Los aristócratas eran “los que combatían”: de noble linaje (o así creían), entrenados en el arte de la guerra y el mando; solían recibir tierras del Rey y se financiaban a través de la renta de la agricultura y de impuestos como peajes y aranceles. Su papel dentro de esta sociedad era el del guerrero; su cometido, defender su Rey y su gente (normalmente, en este orden). Las mujeres solían dedicarse solo a la política.

Los clérigos eran “los que rezaban”: podían ser tanto de noble linaje (ej. el hijo menor de la familia) como plebeyos, aunque esto condicionaba su posibilidad de ascenso profesional. Eran curas, monjes o monjas. Vivían dentro de la estructura eclesiástica y se financiaban a través de donaciones o de impuestos específicos que gravaban sobre los campesinos, como las décimas (décima parte de la cosecha). Su papel dentro de esta sociedad no era solo el de “salvar las almas”, por supuesto, sino que retenían y trasmitían el conocimiento del pasado, cuando no creaban o incorporan el del presente. Escribían, traducían, decoraban, se dedicaban a la artesanía, y a veces incluso a la política. Por lo general, se dedicaban a defender y justificar el estatus quo.

Finalmente, los plebeyos eran “los que trabajaban” o “los que se la apañaban” o, mejor dicho todavía, “todos los demás”: en el mejor de los casos, eran lacayos de los nobles, artesanos o campesinos que poseían un poco de tierra propia; en el peor de los casos, labradores, jornaleros, ayudantes, mendigos, etc. Su papel en esta sociedad: era trabajar, obedecer y callar. Sin embargo, esto no evitaba que a veces se levantaran voces críticas que provocaban sátiras, motines, revueltas y hasta creaban “comunidades libres” al margen de la ley (ej.: Robin Hood, para entendernos).

feudal

Créditos: http://www.igiornielenotti.it

Tres tipos de científicos

Lo que defiendo aquí es que el esquema de clasificación de la sociedad feudal puede ser utilizado con provecho también para clasificar a los científicos, al menos dentro de la sociedad contemporánea. ¿Cómo? Veámoslo.

Científicos “capitalistas”: corresponden a los aristócratas. Se trata de aquellos científicos que hacen ciencia conforme al modelo corriente. Los resultados de sus investigaciones suelen reforzar al paradigma político, económico o social dominante que, en el caso de la ciencia contemporánea, es el capitalismo encarnado por el complejo científico-militar-industrial (especialmente para el caso de países como Estados Unidos). En muchos casos, proporcionan nuevas herramientas o tecnologías a los agentes u organizaciones que forman parte de estas élites. Estos científicos se dedican principalmente a la ciencia aplicada y encuentran más fácilmente financiación para sus proyectos de I+D. Ejemplos ilustrativos de esta categoría son los investigadores o los tecnólogos de las grandes multinacionales farmacéuticas, los estudiosos y los profesionales de dirección de empresas que trabajan en las escuelas de negocios, los científicos que se dedican a la I+D militar, o los programadores de empresas informáticas que defienden el sistema de derechos de propiedad intelectual.

Científicos “académicos”: corresponden a los clérigos. Se trata de aquellos científicos que se dedican principalmente a actividades de ciencia básica, normalmente dentro de estructuras financiadas por las instituciones principales o más poderosas del Estado. Sus investigaciones son a menudo de carácter eminentemente teórico, pero la característica más relevante es que el enfoque o las implicaciones teóricas de sus estudios suelen reforzar la imagen o la legitimación del paradigma político, económico o social dominante, análogamente con cuanto visto anteriormente. En este caso, la aportación de la ciencia es principalmente de carácter cultural y social. Son más frecuentes en el caso de las ciencias sociales. Ejemplos representativos de esta categoría son los economistas teóricos neoliberales, los investigadores en neuropsiquiatría, los psicólogos experimentalistas interesados en los juegos de interacción, los ecólogos humanos evolucionistas, o los físicos que intentan demostrar la coherencia entre la explicación científica clásica del origen del Universo y el concepto de Dios.

Científicos “populares”: corresponden a los plebeyos. Se dedican tanto a la ciencia básica como a la aplicada, aunque suelen siempre estar muy preocupados por las implicaciones prácticas de sus estudios. Suelen cuestionar los fundamentos de los paradigmas dominantes, tanto a nivel de reflexión teórica como aportando pruebas empíricas. No tiene por qué tratarse de una intención consciente: a veces lo hacen, o terminan siendo de esta manera, por amor a la coherencia o a la objetividad de la ciencia, o por defender determinados intereses (personales, o de minorías). Dentro de esta categoría se pueden encontrar científicos que trabajan en instituciones muy diferentes, aunque escasean los que trabajan en grandes empresas o universidades prestigiosas, y en cambio abundan aquellos que trabajan en ONG, instituciones públicas o por cuenta propia. Ejemplos de este tipo de científicos son los inventores (ej.: tecnólogos, ingenieros, etc.) que comercializan a precio barato sus inventos, los programadores que trabajan con código abierto, los innovadores sociales, los científicos sociales que promueven proyectos de participación popular, médicos sin fronteras, los ecólogos y biólogos comprometidos con asociaciones ecologistas, los hackers, etc.

¿Una Edad Media de la Ciencia?

¿Qué conclusiones deberíamos sacar de esta reflexión? ¿Estoy insinuando que el estado actual de la ciencia es comparable con lo de la Edad Media? Por supuesto que no. Con este esquema de clasificación he pretendido solo enseñar que la ciencia es una actividad que no es independiente de su contexto político, económico y social, ni hoy en día ni en la Edad Media. En el sistema feudal la clasificación en aristócratas, clérigos y plebeyos era el reflejo de una organización del poder en particular. Me parece interesante ver cómo un esquema similar se puede encontrar en el trabajo científico actual. Los intereses políticos, económicos y religiosos siguen vivos y pueden ocultarse detrás de muchas prácticas científicas.

Además, en ningún momento he dicho que la organización del trabajo científico en la Edad Media siguiera el mismo esquema de la organización social. En principio, los únicos que hacían “ciencia” dentro de esa sociedad eran los clérigos, aunque en las otras dos capas se daban prácticas que podríamos definir como “científicas”. Lo que no está claro es si la manera de hacer ciencia de cada estrato fuese conforme a las características generales de ese estrato: es decir, si los plebeyos hiciesen ciencia popular y los aristócratas ciencia elitista. Supongo que sí.

Con independencia de si clasificar a los científicos de forma “feudal” sea una buena idea o no, yo me quedaría con la idea de que la historia puede ser una fuente de inspiración para comprender mejor la ciencia; o que las dinámicas de la actividad científicas pueden dar sugerencias para comprender mejor a la historia… aunque a lo mejor para este último caso habrá que reservar una entrada aparte.

baflr23_frank_walts_630

Créditos: thebaffler.com

Eva, Adán y el progreso humano

Entre todos los episodios, más o menos sangrientos o violentos, de ese libro tan conocido que es La Biblia, hay uno en particular que siempre me llamó la atención. No se trata de una elección muy original, ya que me refiero a la “fábula” de Adán y Eva, muy conocida por todos y que encima se encuentra en el primer capítulo de la larga historia bíblica.

La historieta de Adán y Eva siempre me pareció fascinante por varias razones. Se trata de un mito antiguo que nos habla de temas importantes; por esto no es casual que se encuentre al principio del cuento. Yo he identificado al menos tres temas y profundizaré sobre el último.

220px-El_primer_beso_Salvador_Viniegra_y_Lasso_de_la_Vega_(1891)

“El primer beso” (Salvador Viniegra, 1891). Fuente: Wikipedia

Come y calla

El primer tema tiene que ver con la división entre géneros (hombres y mujeres) en la sociedad, con sus respectivos papeles y atributos. ¿Hubo igualdad desde el principio? Eva nació de una costilla de Adán: ¿esto la hizo mejor o peor? ¿Por qué es Eva que toma la manzana, y no Adán? ¿Por qué Dios castiga a los dos de manera diferenciada? Sean cuales sean las respuestas, es evidente que el mito entronca directamente con estos temas tan delicados y fundamentales: la percepción del otro sexo; la construcción del género y la división del trabajo; las relaciones de poder entre los géneros. Nótese que la división del trabajo entre hombres y mujeres emerge como una estrategia para poder sobrevivir después de la expulsión del Edén, o al menos así parece.

Y aquí llega el segundo tema: el de la relación entre ser humano y naturaleza. ¿Qué relación existió, existe, debería existir o hubiese podido existir entre los seres humanos y los recursos naturales? ¿Beneficiarios, dueños o esclavos? Es evidente que en el Edén, el paraíso terrenal, había comida para todos (bueno, si todos significa dos) y en abundancia; los animales no fastidiaban; no había ni frío ni tristeza ni cataclismos naturales, ¡y todo esto sin haber inventado la economía! ¿Existió de verdad esa etapa de la humanidad? ¿Es una meta que deberíamos plantearnos? ¿O se trata solo de un simbolismo que se refiere a otras cosas?

Esto nos lleva, finalmente, al tercer tema, que es el que más me interesa: el de la ciencia y el conocimiento científico. Y a las siguientes preguntas: ¿Por qué el ser humano eligió escuchar a la serpiente y tomarse la manzana? ¿Por qué eso implicó la expulsión del paraíso terrenal? En mi opinión, para contestar a estas preguntas, hay que preguntárselo a los historiadores y los científicos, más que a los curas.

Cuando cazábamos y recolectábamos, es decir, lo de toda la vida

Hasta hace algunas décadas, las interpretaciones científicas tradicionales tendían a menospreciar esa época histórica (o mejor dicho, prehistórica) donde el ser humano fue principalmente un cazador-recolector. ¡Y eso  que se trató de una época muy amplia! Aproximadamente, el 99% del tiempo que hemos vivido los Homo Sapiens Sapiens como especie. Sin embargo, era opinión corriente que durante esos milenios el ser humano no evolucionaba, o lo hacía muy muy lentamente, porque era bastante estúpido y poco creativo. Otra explicación que se daba es que la vida del cazador-recolector no dejaba tiempo para poder parar a pensar y reflexionar, ya que se trataba de un tormento continuo entre búsqueda de comida, condiciones climáticas desfavorables, enfermedades, animales feroces, etc.

hunting_the_cave_bear_by_zdenek_burian_1952

Ilustración de Zdenek Burian, 1952. Fuente: Observatorioredes.blogspot.com

Gracias a Dios, la ciencia y la historia evolucionan también, y existen los arqueólogos, los antropólogos y los paleo-historiadores, quienes nos aportan datos, materiales y nuevas perspectivas, que suelen ser más fundamentadas. En particular, a partir de los años 60, las investigaciones realizadas en estos campos empezaron a cambiar nuestra visión de la prehistoria. En particular, se empezó a abrir el camino la idea de que nuestros ancestros no eran innovadores no porque eran incapacitados, sino simplemente porque no les interesaba. En efectos, la noción de progreso es algo reciente, no solo porque el propio progreso es algo reciente, sino porque necesita también de saber pensar de forma progresiva, que también es algo muy reciente.

Las investigaciones mencionadas más arriba han demostrado que los cazadores-recolectores disponían de mucho tiempo libre al margen del trabajo; los estudios más prudentes estiman que disponían al menos de tanto tiempo libre cuanto nosotros, y los menos prudentes, mucho más todavía. Al mismo tiempo, se empezó a suponer que, con toda probabilidad, sus vidas no eran tan duras como se creía anteriormente, debido a la elevada capacidad de adaptación al medio (aunque todavía lejos de ser paradisíacas, por supuesto).

Entonces, si el ser humano disponía de abundante tiempo libre y relativa tranquilidad, ¿por qué no innovaba y progresaba? Seguramente mucho habrá influido la escasez de diversidad (psicológica, social, económica) dentro de las comunidades; es sabido el papel de la heterogeneidad y las desigualdades en fomentar los procesos de innovación. Otros factores podrían ser la  ausencia de comunicaciones entre comunidades diferentes, la escasa esperanza de vida, etc. Pero creo que todos estos factores se podrían resumir en un solo hecho: a la gente, simplemente, no le interesaba innovar, porque no lo veía importante ni útil. Los cazadores-recolectores vivían en un mundo muy limitado, tanto física como intelectualmente; ya disponían de todo lo que necesitaban,  y su visión del tiempo no era lineal y progresiva, como la nuestra, sino probablemente circular y orientada hacia el infinito. Reconozco que para algunos esto significa “ser estúpido”, o al menos incapacitado, pero personalmente no opino lo mismo.

hadza8_714x484

Los Hadza, cazadores-recolectores contemporáneos. Fuente: National Geographic

La invención de la agricultura

En todo caso, parece que las cosas duraron así hasta que el ser humano no tropezó con una cosa llamada agricultura (mejor decir “empezó a tropezar”, ya que la cosa tardó bastante). Fue la agricultura a revolucionarlo todo: es el asesino de nuestro enigma histórico-religioso. Con la agricultura el ser humano pasó de ser nómada a estacionario, de depender de los caprichos de la naturaleza a intentar controlarla, de ser adaptable a ser adaptador. También empezó a delimitar los confines de las tierras, a construir vallas, a amontonar los excedentes de la producción agrícola, a planificar el futuro y por ende a ver el tiempo de forma cada vez menos cíclica y cada vez más progresiva. A partir de ahí, el ser humano no tardó mucho en inventar la política (Estado, jerarquía, redistribución, reglas formales), luego la economía (intercambio, desigualdad, mercado, moneda) y ‒ en tiempos más recientes ‒ el capitalismo (ahorro, inversión, monetarización, especulación). Se trata de una serie de etapas que se han desarrollado de forma relativamente rápida, si puestas en comparación con todo lo anterior.

Volviendo al tema central: ¿cómo se llegó a inventar la agricultura? Por supuesto que no aconteció de un día a otro, aunque es posible que algunas fases de este proceso acontecieron de forma relativamente rápida (ej. años). Por ejemplo, es probable que influyeron factores como la observación de los ciclos de las plantas y el percatarse de que las semillas de los frutos comidos, si tiradas al suelo, podían volver a germinar.  Al mismo tiempo, la progresiva adaptación de pequeños animales dentro de los asentamientos humanos sentó las bases para la “invención” de la ganadería.

Pero, ¿quiénes eran las personas que  empezaron a observar estos procesos, hacer experimentos (ej. seleccionar semillas, trasplantar, ordeñar, etc.) y sacar sus conclusiones? Si los hombres cazaban, entonces, no podían que ser las mujeres a hacerlo. Las mujeres no podían, con toda probabilidad, alejarse ni exponerse mucho, por el tema de los críos, y por ende se dedicaban sobre todo a tareas de recolección en las cercanías del hogar. No es descabellado suponer que las mujeres hayan inventado la agricultura y el pastoreo. Esto conllevó un mayor afán de comprender, experimentar, planificar, replicar, adoptando una visión linear y progresiva del tiempo. Plantaron las semillas de la ciencia y el conocimiento científico. Mordieron la manzana (casualmente, un fruto) del conocimiento prohibido: el control de la naturaleza.

762

Fuente: Taringa

Interpretando el mito

Finalmente vemos que el mito de Adán y Eva cobra mucho sentido como explicación narrativa del pasaje histórico desde las tribus de cazadores-recolectores hacia campesinos estacionarios organizados en comunidades con una rígida división del trabajo y una planificación de aprovechamiento de los recursos naturales. ¿Pensaron en estos temas las generaciones de pastores y las primeras civilizaciones mesopotámicas que idearon aquellos mitos que, posteriormente, sentaron las bases para la redacción de las historias bíblicas? Yo creo que es muy probable.

Dentro de esta perspectiva mítica, los seres humanos vivían en un paraíso terrenal, un jardín idílico, donde el tiempo y los recursos eran infinitos, no tenían nada ni necesitaban nada, y vivían en armonía con la naturaleza. No había cambio, ni innovación ni progreso. Pero la serpiente, la componente material de la realidad (lo que se suele asociar al demonio, según la tradición cristiana) estimuló la curiosidad de las mujeres, que mordieron el fruto prohibido del conocimiento científico y lo compartieron con sus hombres, inventando la agricultura. Dios no nos expulsó del Edén, fuimos nosotros que, más o menos voluntariamente, nos fuimos de él, abriendo el camino a un proceso de desarrollo y globalización que todavía sigue hoy en día, a un ritmo cada vez más acelerado. Que nos guste o no, que sea bueno o no, el fruto del conocimiento científico se encuentra exactamente entre las raíces de nuestra existencia como seres humanos evolucionados y como sociedad.

Reti-Internet

Fuente: Wikitalia.it

Una nota media, para empezar bien

Quiero inaugurar este blog con una reflexión sacada al azar de mis recuerdos.

Seguramente, casi todos conozcáis la famosa y graciosa anécdota de la estadística y de los dos pollos.

Esta anécdota dice que la estadística es una disciplina bastante inútil porque, “si yo como dos pollos, y tú ninguno, según la estadística ambos comemos un pollo por cabeza”.  Y, en efecto, parece casi cierto.

Tal vez algunos de vosotros también sepan de dónde viene esta anécdota. El origen descansa en un poema satírico escrito alrededor de 1940 por el escritor italiano Carlo Alberto Camillo Mariano Salustri, mejor conocido como “Trilussa” (seudónimo que deriva del anagrama de su apellido).

Trilussa

Este señor se volvió famoso sobre todo por sus poemas satíricos escritos en dialecto romano; entre estos, hay uno llamado, de hecho, “La Statistica”. He aquí la versión original del poema, que contiene la historia de los dos pollos, aunque en una versión ligeramente diferente y más amplia:

Sai ched’è la statistica? È ‘na cosa
che serve pe fà un conto in generale
de la gente che nasce, che sta male,
che more, che va in carcere e che spósa.
Ma pè me la statistica curiosa
è dove c’entra la percentuale,
pè via che, lì, la media è sempre eguale
puro co’ la persona bisognosa.
Me spiego: da li conti che se fanno
seconno le statistiche d’adesso
risurta che te tocca un pollo all’anno:
e, se nun entra nelle spese tue,
t’entra ne la statistica lo stesso
perch’è c’è un antro che ne magna due.

En la Roma de la época de Trilussa comer pollo era un lujo para muchas personas, aunque el razonamiento en sí siga siendo válido incluso hoy día.

Entonces, ¿es cierto que la estadística miente?

Trilussa2

Lo que Trilussa no sabía, o ignoró deliberadamente, es que en este caso la culpa no es de la estadística o, al menos, la culpa es de una aplicación errónea de la disciplina. No cabe duda que hay un individuo que no come ningún pollo y otro que ne magna due, es decir, que come dos pollos. Y no cabe la menor duda que en este caso la media estadística sea 1.

Sin embargo, frente a esta situación, los estadísticos enfocan su atención sobre otra cosa. En esta situación, hay que mirar a otro índice estadístico, mejor dicho, al índice estadístico por excelencia: la varianza. La varianza es un índice de dispersión, es decir, mide cuánta diferencia existe entre los casos que estamos estudiando. La varianza se define como la suma de todas las diferencias al cuadrado entre el valor del caso y la media, el todo dividido por el número total de casos estudiados, es decir, mide “cuánto se aleja la gente, en promedio, de la media”.

Es evidente que, en el caso de los dos pollos de Trilussa, la varianza es un dato crucial. En este caso la varianza asume el valor máximo (1): la desigualdad entre los individuos es máxima.

Entonces, contrariamente a lo que insinuaba irónicamente Trilussa, el estadístico no es ese hijo de buena madre que maquilla la realidad para esconder la desigualdad existente, sino un individuo que posee las herramientas necesarias para enseñar que las cosas no van nada bien, al menos en términos de consumo de carne de pollo.

Por eso, si no conocíais la historieta del Trilussa o la importancia de la varianza , os animo a tener todo esto en cuenta a la hora de examinar unos datos estadísticos, por ejemplo aquellos que se publican en los periódicos. Aunque este sea otro tema que, quizá, merecería una entrada a parte.

Seguramente, en anteriores ocasiones otros habrán ya explicado el concepto de varianza o la historia de los pollos con más profundidad o precisión. No obstante, me apetecía abrir este espacio con una historieta que siempre encontré simpática.

Desde luego, aunque no tenga datos a mano como para contrastarlo, apuesto que la anécdota de los dos pollos sea una de las principales bromas que te gasten cuando sueltas por ahí “que estudias estadística”. ¡A la gente le encantan los estadísticos!

Por cierto, otra cosa frecuente en estos casos es decirte que no saben si llamarte “estadístico” o “estadista”. A esta pregunta solía contestar que la estadística se llama así por ser la “ciencia del estado”, siendo el estadístico “la persona que se dedica a la ciencia del estado”; algo muy diferente, sin embargo, del estadista, que es “una persona de estado”. ¿Se nota la diferencia? Ya que nos encontramos en los años 40 en Italia, no querréis poner en el mismo plano a Corrado Gini (inventor del índice de desigualdad económica más utilizado) y Benito Mussolini (sobran las explicaciones), ¿no?

Y ya puestos a elegir, ¿a Trilussa dónde lo ponemos?. ¿Con Gini o con Mussolini?. Quizá en el medio entre los dos, a comer pollo…